28 de octubre de 2016

¿Cuánto cuesta ser un gran mandarín? Sobre los cargos por procesamiento de artículos científicos

“¡Más respeto por favor, que Luis es un gran mandarín!”[1] resonó la voz de uno de los invitados cortando el aire como una katana. “Ah bueno, perdón, es que no sabía que estaba en el SNI”, respondió alguien más. Desde entonces, ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) se convirtió en parte de mi mitología personal, inspirando el deseo ferviente de pertenecer a tan distinguida estirpe, provocando entre propios y extraños pausas silenciosas cargadas de envidia y rendición.

Notables autores como Ruy Pérez Tamayo y Fátima Fernandez Christlieb han dado cuenta del SNI, su origen y sus paradojas, que sugiero conocer en caso de interés. El hecho es que pese a las muchas áreas de oportunidad que el Sistema conlleva, recibir un sobresueldo a cambio del ingenio no suena nada mal, ¿a que sí?

La cuota por alcanzar el prestigio y la subvención no es menor. Para ingresar y mantenerse en el SNI, un investigador debe ostentar un doctorado, haber publicado libros y/o capítulos de libros, registrado patentes, concretado desarrollos tecnológicos, dirigido tesis, impartido clase en grado y posgrado, así como conducido grupos de investigación en su área de especialidad, entre otras andanzas propias de su oficio.

Un gran mandarín debe contar además con habilidades blandas que le permitan seleccionar las tesis que dirigirá; los editores con los que corresponde mantener una buena relación; los colegas a quienes debe citar en sus estudios para que después ellos también lo citen; el congreso cuya invitación como conferencista magistral es mejor declinar; con quiénes generar y mantener una red de especialistas; la estancia como profesor invitado que le reportará mejores resultados, entre otras destrezas. Quizás es este ingenio, antes que el de la generación y la divulgación de conocimiento, el que amerita el apoyo del SNI.

Pero, sobre todo, los miembros de esta tropa saben que el arte de la publicación en  revistas indexadas con alto factor de impacto[2] es el verdadero nombre del  juego.

El camino para formar parte de la realeza académica pasa por Budapest, donde se firmó en 2001 la Iniciativa de acceso abierto del programa de información del Open Society Institute[3] En ésta se trazaron dos caminos posibles para la divulgación de contenido científico:

I. Auto Archivo (vía verde): Los académicos requieren herramientas y asistencia para depositar sus artículos referidos en archivos electrónicos abiertos, una práctica comúnmente denominada “auto-archivo”. Cuando estos archivos alcanzan los estándares creados por la Iniciativa de Acceso Abierto, los buscadores y otras herramientas pueden tratar los archivos separados como uno. Los usuarios no necesitan saber qué archivos existen o dónde se localizan para encontrarlos y usar su contenido.

II. Publicaciones periódicas de Acceso Abierto (vía dorada): Los académicos necesitan los medios para crear una nueva generación de publicaciones periódicas comprometidas con el acceso abierto y para ayudar a las existentes que son elegibles para hacer la transición al acceso abierto. Debido a que los artículos de estas publicaciones deberán diseminarse tan ampliamente como sea posible, las nuevas publicaciones no podrán invocar restricciones de acceso por asuntos del copyright del material que publican. En cambio, usarán el copyright y otras herramientas para asegurarse del permanente acceso abierto a todos los artículos que publiquen. Debido a que el precio es una barrera al acceso, estas nuevas publicaciones no cargarán cuotas de suscripción ni acceso y buscarán otras formas para cubrir sus gastos.

A quince años de la iniciativa de Budapest, miles de contenidos científicos antaño reservados para consumo exclusivo de los suscriptores de revistas impresas, se han puesto al alcance de más usuarios mediante versiones electrónicas accesibles vía repositorios especializados como EBSCO, JSTOR, ProQuest y, por supuesto, el Godzilla de los bancos de información científica, SCOPUS de Elsevier, así como directamente en las páginas de las revistas de vía dorada.

La tendencia internacional del acceso abierto ha traído consigo, además de lectores más felices[4] la necesidad de que los gastos editoriales que antes se subsanaban mediante el pago de suscripciones sean transferidos a otro componente de la cadena de suministro.

Poner en manos del usuario una publicación con cierta validez científica involucra el trabajo de autores, árbitros, editores, revisores, traductores y diseñadores, cuyos honorarios deben ser cubiertos de algún modo. En algunos casos las universidades absorben los costos de producción; en otros, se transfieren al autor[5] bajo la denominación “cargos por procesamiento de artículo” (APC en inglés),[6] mismos que incluyen, entre otros servicios:
  • Proceso de arbitraje entre pares (peer-to-peer)
  • Corrección de textos
  • Cosecha del artículo para su mayor difusión en bases de datos especializadas
  • Identificación y sistematización de citaciones del texto en otras publicaciones
  • Marcación en lenguaje extensible (XML)
  • Almacenamiento
  • Divulgación
El costo de los APC varía según el país, la institución y la disciplina a la cual pertenece la revista, pero digamos que en una estimación preliminar puede oscilar entre los $7,000 y los $15,000 pesos.[7] La lógica de la convención de Budapest es que los APC de los investigadores adscritos a universidades pueden ser cubiertos por su propia institución o por otras organizaciones, pero ¿qué es lo que pasa en aquellos casos en los que la universidad no cuenta con una partida para asumir este costo y el investigador está, como en mi caso, preparando su ruta para toda la fama y la fortuna que alcanzará cuando logre volverse un gran mandarín? Adivine.

Para indagar sobre qué tan presente está el tema de los APC en la mente de los investigadores hispanoamericanos, consultamos una base de 700 académicos,[8] 78% de los cuales han publicado en una revista indexada al menos una vez en su carrera. Vale la pena decir que la mayor parte del universo corresponde al ámbito de las ciencias sociales y humanidades, sesgo que ha de tomarse en consideración para lo que sigue.

El 15% de las personas consultadas han pagado APC que oscilan entre los $20 y los $6000 dólares. El 41% de estos autores absorbió los gastos. Es decir que, entre una cosa y otra, el impacto de la vía dorada ya hace resonar algunas cajas registradoras.

Cabe hacer notar que el 33% de la muestra está de acuerdo en pagar los APC si la revista así lo exige, asumiendo quizás que se trata de un mal necesario y que la recompensa monetiza de algún modo. Por su parte, el 67% del universo que participó en la consulta no está de acuerdo en pagar APC, pero ello no significa que vaya a dejar de hacerlo si su pertenencia al SNI llegara a ponerse en juego.

El 70% de los autores consultados no están de acuerdo con esta tendencia y señalan que son las editoriales las que deben asumir el costo de la publicación, considerando que son las que se enriquecen más con las revistas…pero ¿es esto cierto? Quizás sí en el caso del Harvard Business Review,[9] pero ¿qué pasa con las publicaciones periódicas que no generan utilidades y que publican contenido científico como parte del compromiso institucional con la divulgación de conocimientos nuevos?[10] Si hemos de preguntarnos quién se enriquece en la cadena de suministro de las publicaciones científicas, conviene llamar a cuentas a los servicios de almacenamiento y recuperación de contenido, así como a los de generación de indicadores de impacto, mismos que generan ganancias a costa del ingenio de otros (lo cual en sí mismo conlleva cierto ingenio, debo admitir.)

Me llamó especialmente la atención el hecho de que algunos encuestados consideraron insultante la pregunta de si han pagado o pagarían por publicar un texto en una revista científica: “más bien me pagan”, espetaron. Me gustaría saber en qué revista, suertudotes, ya que no es común que las publicaciones indexadas remuneren la colaboración. ¿No les digo que la tendencia es ver a quién le cargan el pato?

Además de concluir que algunos de mis conocidos blofean cuando de publicar en revistas científicas se trata, a lo largo de la exploración advertí la creencia de que las publicaciones electrónicas de acceso abierto no cuestan (y además generan enormes ganancias), por lo cual no deberían cobrar por publicar.[11] Es decir, sobreviven gracias a la magia insuflada por una pléyade de autores, editores, diseñadores y correctores que aman el conocimiento y están dispuestos a lo que sea por los lectores. Tan dispuestos como yo para ser algún día una gran mandarina, como Luis: ¿cuánto me costará eso?

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1. La autora agradece a Cristina Ángeles y Vania Policanti por su colaboración en la implementación de la encuesta en línea.
2. Una revista indexada es una publicación periódica cuya calidad hace posible que esté incluida en bases de datos especializadas. Dentro de este rubro existen subclasificaciones de acuerdo con el factor de impacto de cada publicación. El factor de impacto depende de qué tanto es citado el contenido de determinada publicación en otros trabajos científicos. El factor de impacto de las revistas se relaciona directamente con la frecuencia con la cual sus contenidos son citados en otras publicaciones, fenómeno  que requiere un examen aparte. Los interesados en conocer el origen del factor de impacto pueden consultar a Garfield, E. “The History and Meaning of the Journal Impact Factor” en Journal of American Medical Association, pp.90-96, 2005. El factor de impacto de las revistas es sistematizado y reportado por diversas fuentes especializadas como el Journal Citation Report de Thomson Reuters. Por supuesto, estas políticas no están libres de corrupción: los interesados en consultar la creciente lista de publicaciones que mienten acerca de su factor de impacto pueden consultar la lista de publicaciones depredadoras de Jeffrey Beall aquí.
3. Los orígenes del acceso abierto en las revistas científicas se remontan a los 90, cuando comenzaron a habilitarse los primeros repositorios electrónicos.Ver el reporte Finch “Accessibility, sustainability, excellence: how to expand access to research publications”, 2012. En este mismo documento fundacional (sección 8) se anuncia la transición de un sistema de pago por parte del lector a un sistema de pago por parte del autor.
4. Al menos en el caso de los lectores cuyas instituciones financian el acceso a repositorios especializados, pues de otro modo quedan a merced de la clemencia de Google o deben acceder al contenido consultando cada uno de los sitios de las publicaciones a las cuales desean acceder, tarea que se simplifica sobremanera mediante las bases de datos. A resumidas cuentas, la información abierta no lo es tanto en la medida de que no es del todo gratuita.
5. Ver López-Torres, J. “Pagar por publicar en revistas científicas” en Revista clínica de medicina familiar, octubre 2015 y Van Noorde, R., “Open Access: The True Cost of Science Publishing”, 2013.
6. En el caso de México, estos cargos pueden solventarse mediante el apoyo financiero que los miembros del SNI reciben, o bien la universidad puede absorberlos si la revista pertenece al Índice de Revistas Mexicanas de Divulgación Científica y Tecnológica del CONACYT.
7. De acuerdo con el informe Finch (op cit), los APC oscilan entre los $35,000 y los $45,000 pesos. Más adelante se presentarán otras cifras derivadas de una consulta realizada a académicos hispanoamericanos.
8. Encuesta aplicada por el Centro de Investigación de Economía Creativa de CENTRO del 11 al 19 de octubre del 2016, disponible para consulta previa solicitud vía correo electrónico.
9. Esta publicación cuenta con un modelo híbrido que libera ciertos contenidos para lectores registrados y reserva otros tantos para sus suscriptores, lo que le permite financiar sus APC. Ver aquí.
10. Sobre este particular consulté de manera informal a algunos editores de revistas indexadas, ninguno de los cuales posee un Bentley. Sus revistas son financiadas por el CONACYT o por la universidad, como ocurre en el caso de Economía Creativa, la revista que edito con el auspicio de Centro de Diseño, Cine y Televisión.
11. Para quienes consideran increíble que esta práctica exista, Elsevier no me dejará mentir.

Autor: Karla Paniagua
Twitter: <@cirila_thompson>
Fuente: <http://economia.nexos.com.mx/>
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