5 de abril de 2016

¿POR QUÉ LA ESCRITURA ACADÉMICA HIEDE?, SEGÚN STEVEN PINKER

El sicólogo y lingüista canadiense Steven Pinker se pregunta por qué los profesores cuyo asunto en la vida es trasmitir conocimiento lo hacen tan mal por escrito, en prosas pesadas, tiesas como de madera, hinchadas, torpes, oscuras, desagradables de leer, e imposibles de entender. En su artículo Academics Stink at Writing analiza las razones.

Muchos han dicho que los que escriben enredado lo hacen para esconder la propia confusión, otros piensan que las editoriales y revistas son las culpables, pues solo los escritos pesados parecen dar fe de su seriedad; sin embargo, Pinker asegura que estos no son los factores, y aduce una buena razón: escribir es difícil.

Para mostrar su punto, él se refiere a un libro llamado, Claro y simple como la Verdad, escrito por dos estudiosos de la literatura: Francis-Noël Thomas y Mark Turner. En este libro explican que los estilos pueden ser entendidos como un modelo de comunicación que simula en tiempo real el intercambio de ideas en una conversación, y los distinguen según la forma como el escritor se imagina su relación con el lector: romántica, oracular, profética, práctica o simple. Entre estos, está el clásico, ideal para la prosa expositiva.

Para Pinker, la mayoría de los escritos académicos son una mezcla de dos estilos: el primero, práctico, cuyo objetivo es satisfacer las necesidades de información de un cierto tipo de lector, como lo sería el ensayo de cinco párrafos de un estudiante o la estructura normalizada de una artículo científico; el segundo, el autoconsciente: un estilo relativista, irónico o posmoderno.

El siguiente es un resumen de los defectos más comunes en la escritura académica, según Steven Pinker

El metadiscurso

Cuando los escritores académicos caen en el estilo autoconsciente se preguntan por las verdades filosóficas del tema tratado, sin llegar al tema. Como si en un libro de recetas de cocina se discutiera qué es un huevo, o si la definición de este permite llegar a la receta. Los académicos parecen defendiéndose de cualquier ataque futuro de colegas. Muestran que siguen todas las normas y que se han hecho las preguntas pertinentes, que no son ingenuos sobre la retórica de lo que se ha dicho respecto al tema que tratan.

La verborrea sobre la verborrea

Se trata de la explicación innecesaria que anticipa lo que se va a decir anunciándolo. Es inútil gastar tiempo tratando de entender qué dice el que escribe, solo para darse cuenta de que apenas está enunciando el orden de su discurso, pudiendo ir a este de una vez. A veces es necesario hacerlo, pero entonces es recomendable usar un mínimo de este tipo de metadiscurso. Por ejemplo, mejor que decir: en el capítulo anterior vimos que… el escritor clásico dice: como hemos visto…

El narcisismo profesional

Los académicos viven en dos universos: en el mundo de lo que estudian (ya sea la poesía de León de Greiff, Foucault y la literatura, o el café y sus variedades) y en el mundo de lo escrito en su profesión (sienten que deben conocer todos los artículos publicados, ir a las conferencias, mantenerse al día con las tendencias y los chismes de su tema). Es narcisista enfocar la escritura en las obsesiones del grupo de académicos al que se pertenece en lugar de comunicar lo que el público quiere saber.

Pinker nos da el siguiente ejemplo de narcicismo profesional, y aclara que a pocas personas le interesa saber cómo los profesores se gastan su tiempo: En los últimos años, un número creciente de psicólogos y lingüistas han centrado su atención en el problema de la adquisición del lenguaje infantil. En este artículo, se revisará la investigación reciente sobre este proceso.

La escritura clásica, en cambio, va al asunto directamente: Todos los niños adquieren la capacidad de hablar un idioma sin lecciones explícitas. ¿Cómo logran esta hazaña?

Exceso de disculpas

Los escritores académicos son extremadamente conscientes de la dificultad de lo que hacen. Para empezar, piden muchas disculpas, pues van a escribir sobre algo terriblemente difícil, complicado y polémico. Un ejemplo de esto sería: El problema de la adquisición del lenguaje es extremadamente complejo. Es difícil dar una definición precisa del concepto de lenguaje, del concepto de adquisición y del concepto de niño. Hay mucha incertidumbre acerca de la interpretación de los datos experimentales y una gran cantidad de controversia en torno a las teorías. Más investigación debe ser realizada.

En el estilo clásico, el escritor atribuye al lector la inteligencia suficiente para darse cuenta de que muchos conceptos no son fáciles de definir, y muchas controversias no son fáciles de resolver. El lector quiere ver lo que el escritor va a hacer al respecto.

Citas por doquier

La escritura académica utiliza comillas para distanciarse del lenguaje común, como decir en una hoja de vida que: ella es “una estudiante rápida”, y parecer que se está diciendo, “No soy frívolo, soy serio y lo digo así, como lo dice la gente común pues no se me ocurrió una manera más digna de decirlo.

Usar palabras amortiguadoras

Los académicos, sin pensar, amortiguan su prosa con palabras que los libran de comprometerse con lo que van a decir, y para ello usan las siguientes: casi, aparentemente, relativamente, bastante, en parte, sobre todo, es de suponer, más bien, relativamente, al parecer, por así decirlo, un poco, más o menos, hasta cierto punto, y el omnipresente: yo diría. Esas palabras amortiguadoras permiten salir bien librado ante la crítica, pues quitan valor y contundencia a lo aseverado.

En algunos casos, las frases necesitan explicar al lector que lo que se va a decir es verdad en un porcentaje o en un grado alto, pero si el lector se puede confundir, es mejor transmitir de forma explícita la magnitud del efecto o el grado de certidumbre. Ejemplo, en vez de afirmar: los hombres son mejores que las mujeres para el cálculo, es mejor decir: en un porcentaje mayor los hombres son mejores para el cálculo que las mujeres. No es que los buenos escritores nunca se protejan, es que las medidas de protección deben ser una opción, no un tic.

Metaconceptos y nominalizaciones

Los profesores realmente piensan en “problemas” (que pueden enumerar en una página), en “niveles de análisis” (que pueden discutir sobre cuál es el más apropiado), y en “contextos” (que pueden utilizar para averiguar por qué algo funciona en un solo lugar y no en otro). Pero después de un tiempo, esas abstracciones se convierten en contenedores desde los cuales se manejan todas las ideas. Antes de percatarse, los académicos se han vuelto, por el uso frecuente de esos contenedores, incapaces de llamar a las cosas por sus nombres: “La reducción de los prejuicios” se convierte en “el modelo prejuicio–reducción“; “llamar a la policía” se convierte en “abordar este tema desde una perspectiva de aplicación de la ley.”

La prosa clásica es afín a la visión científica que cree que hay verdades objetivas sobre el mundo, que pueden ser descubiertas por un observador desinteresado; y en cambio, está lejos de aquella otra visión cuyas ideologías son relativistas, como el postmodernismo, el postestructuralismo y el marxismo literario, muy de moda en los departamentos de humanidades, en la década de 1970.

Los científicos reconocen que es difícil saber la verdad, que ellos entienden el mundo a través de teorías y construcciones que no son imágenes, sino proposiciones abstractas, y que es importante buscar los sesgos ocultos en esas formas de entender el mundo. Es sólo que el buen escritor no hace alarde de su ansiedad en cada cosa que escribe, la oculta ingeniosamente, en aras de la claridad.

Maldición del conocimiento

La maldición del conocimiento es una de las principales razones por la que buenos intelectuales escriben mala prosa. Simplemente, no se les ocurre pensar en lo que el lector no sabe, les parece demasiado obvio mencionar lo que para ellos está tan claro, y no se molestan en explicar la jerga, la lógica, o suministrar los detalles necesarios que el otro pueda comprender el texto.

Obviamente, dice Pinker, los términos técnicos no se pueden evitar, pero mucha jerga sí puede ser desterrada, así como muchas expresiones en latín. También aconseja evitar abreviaturas, pues descubrir qué están abreviando quita mucho tiempo al lector. El escritor debe adivinar e incluir en la explicación lo que el lector no sabe.

La última explicación de por qué los académicos escriben tan mal, no viene del análisis literario ni de la ciencia cognitiva, sino de la economía clásica y de la psicología de Skinner, y es que existen pocos incentivos para escribir bien, dice el sicolingüista.

Escribir y dejar al lector en la nebulosa es fácil; ser claro es lo que requiere práctica. Pocos programas de postgrado enseñan a escribir, pocas revistas académicas estipulan la claridad entre sus criterios de aceptación. Todos sabemos que para difundir el conocimiento hay que escribir al menos claramente. Al escribir mal, dice Pinker: “Estamos haciendo perder tiempo al otro, sembrando la confusión y el error, y convirtiendo la propia profesión en un hazmerreír”.

Autor: Ana Cristina Vélez
Fuente: <http://blogs.elespectador.com/>
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