29 de marzo de 2016

La traducción, la gran maltratada del oficio editorial

Javier Calvo, fotografiado en
una librería de Barcelona - EFE
Javier Calvo, traductor de Foster Wallace, Rushdie, Don DeLillo o Coetzee, reflexiona sobre el sector en «El fantasma en el libro»

Hasta hace pocos años, salvo honrosas excepciones editoriales, el nombre del traductor de una obra no aparecía mencionado en portada o en las páginas de créditos. De ahí, el título de Javier Calvo para su reflexión sobre el oficio: «El fantasma en el libro» (Seix Barral). «Siempre ha existido una cultura del maltrato al traductor, el eslabón más frágil de la edición. A esa precariedad se suma ahora la crisis del sector; ya no existe una mínimo de remuneración».

La mayoría de nuestras lecturas «son como son» gracias a la mayor o menor competencia de quien las tradujo. El sistema editorial actual, apunta Calvo, está lleno de filtros que «aplanan» el lenguaje: «En la práctica, pocos lectores conocen al autor en su lengua original. Puedes decir que te encantan Amis y McEwan, pero sin discernir que ambos tienen estilos totalmente diferentes».

La vieja sentencia de «traduttore traditore» ha dado fórmulas felices como cuando Chaucer revivió los poemas de Boccaccio; en otras ocasiones, el traductor ha actuado de censor: por ejemplo, la «higienización» de Shakespeare en la Francia del XVIII y los estudios de traducción en los que se imponía la corrección política por razones de raza o género.

Pero la peor de las traiciones ha sido la pobreza del lenguaje: «Hasta los años ochenta, los traductores españoles contaban con un buen bagaje literario y un vocabulario rico, su problema era que pocos conocían a fondo la lengua de origen», señala Calvo. Ahora el problema se plantea a la inversa: «Las nuevas generaciones crecieron conociendo una lengua extranjera, pero carecen de aquel español tan rico».

Escritor y traductor

Residente en Nueva York, Calvo subraya que la lengua española comenzó a ser traducida al inglés gracias a «Los detectives salvajes», de Roberto Bolaño: «Antes sólo se conocía a García Márquez y a Borges». Entre sus maestros en el oficio, destaca a Ramón Buenaventura: «Es uno de los pocos traductores, junto a Mariano Antolín Rato, que reflexionan sobre un trabajo que han combinado con la literatura cuando no se tomaba en serio al traductor que escribía…». Leer los diarios de Buenaventura sobre «Las correcciones», de Jonathan Franzen, es una lección profesional, añade: «El buen traductor acaba siendo escritor».

Después de verter al español a David Foster Wallace, Salman Rushdie, Zadie Smith, Don DeLillo o J. M. Coetzee, el autor de «El fantasma en el libro» ha accedido a las costuras de la literatura: «Cada escritor inventa su propio idioma y al recrear su registro descubres también las limitaciones de su escritura… No diré nombres». En cuanto a la relación entre escritor y traductor, Calvo se declara un bicho raro: «Creo que no han de mantener ningún contacto durante el proceso de traducción, todo lo contrario de lo que se hace ahora: acudir al autor siempre es un recurso demasiado fácil».

Autor: Sergi Doria
Fuente: <http://www.abc.es/>
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