14 de febrero de 2016

La academia en su laberinto: los puntos, los rankings y la citación como normas de calidad

Fuente de la imagen: www.revista-amauta.org
La difusión se realiza en comunidades académicas cada vez más cerradas, distantes de los problemas que analizan y más extrañas a los debates de los lugares donde se ubica el objeto de investigación; lo cual conduce a un vaciamiento del sentido ético de la devolución de los conocimientos.

Estamos viviendo un cambio en la producción académica, gracias a la revolución científico-tecnológica y a la lógica neoliberal imperante.

Primero, por el peso que adquiere lo virtual sobre lo presencial en la investigación, la docencia y la difusión. Por eso los estudios y los debates se difunden por blogs, internet, webs, conferencias virtuales y demás instrumentos tecnológicos; asimismo, se debe tener en cuenta la aparición de una institucionalidad especializada dedicada a la circulación del conocimiento, entre las que se encuentran, por ejemplo: SCIMAGO/SCOPUS, que son hemerotecas en línea, y AMAZON que es un portal que establece mercantilmente los libros que se venden. Lo más significativo y nuevo: la difusión define los conocimientos a producirse; por eso, el libro de autor se convierte en una excepción, el libro de varios autores asume la forma de revista y lo que ahora se produce son artículos para revistas.

Segundo, se introduce la lógica individualista y de competencia propia del mercado, y lo hace a través del sistema de puntos, convertidos en valor de cambio –no de uso- que obtienen los académicos según títulos, cursos impartidos, publicaciones realizadas y seminarios asistidos.

Tercero, un buen texto no se define por los aportes académicos, sino por el número de veces que es citado, lo cual tiende a construir comunidades académicas endogámicas, nacidas de la obligatoriedad de citarse mutuamente. Cuando se publica un libro no se recomienda su lectura sino que se lo cite y, lo más grave, que las autoridades institucionales lo “sugieran” a alumnos y académicos. En ese contexto los puntos tienen distinto valor, por ejemplo, según el idioma y el tipo de publicación. Esta valoración conduce a que los investigadores produzcan bajo estos criterios y menos por la calidad o el impacto que puedan producir. Las revistas en inglés e indexadas otorgan más puntos que un libro en español. También los puntos impulsan un sistema de complicidades con comités editoriales, lectores ciegos, acreditadores, ponderadores y demás calificadores. De esta manera los puntos determinan los temas, metodologías y enfoques, lo cual legitima ciertos conocimientos, homogeniza el pensamiento y pierde la autonomía crítica. El conocimiento lo establecen los centros hegemónicos y no las demandas de la realidad [1].

Publicar un libro de autor tiene menos puntos que publicar en una revista indexada, porque los sistemas de difusión de las revistas son más dinámicos, demandados y tienen una institucionalidad dedicada a la propagación. Una revista en inglés tiene más influencia que otra publicada en otro idioma, porque los sistemas institucionales de difusión más significativos están en los EEUU. Esto significa que un autor que publica en una revista en inglés tiene la posibilidad de ser más citado y por tanto ser “mejor” que si lo hace en un libro en español. Por eso la difusión se realiza en comunidades académicas cada vez más cerradas, distantes de los problemas que analizan y más extrañas a los debates de los lugares donde se ubica el objeto de investigación; lo cual conduce a un vaciamiento del sentido ético de la devolución de los conocimientos.

Revistas académicas: negocio global

En el Volumen 10 de la revista Salud Colectiva se encuentra el editorial “Diez años de Salud Colectiva; una aproximación a las reglas de juego del campo editorial científico”, escrito por Martinovich, Viviana; Arakaki, Jorge; Spinelli, Hugo, en el que hacen un importante análisis de las publicaciones de los artículos académicos en las revistas científicas.

Los artículos producidos por los académicos son económicamente rentables para los accionistas de las empresas que difunden las investigaciones; así, por ejemplo, Reed Elsevier donde se encuentra Scopus, reportó ingresos en 2012 por 7.523 millones de euros, con una tasa de crecimiento del 9% anual, en un momento de recesión económica. Por otro lado, la compra de las bases de datos y de los fondos editoriales significó para Brasil un incremento de más del 300% en 14 años y para Argentina sobre el 900% durante una década. Es impensable el costo creciente que tiene el acceso a esta información. Esta industria editorial nunca transparenta sus éxitos mercantiles, como tampoco los intereses económicos que existen en este segmento del mercado; por el contrario, difunde solo las supuestas bondades que brinda. Es difícil no reconocer que este éxito se asienta en los beneficios que tiene la alta tecnología, pero también en un sistema perfecto de explotación sustentado en la calificación gratuita de los artículos -realizada por los propios académicos- mientras los autores beneficiados con esta evaluación deben pagar derechos de publicación; todo esto para beneficio de los propietarios de las plataformas que no pagan, sino cobran... Es más, los derechos de autor no son reconocidos.

Estos intereses económicos nunca aparecen porque lo que está en juego –gracias a las complicidades de un sector de la academia- es un mercado que garantizaría una supuesta calidad de los artículos y un alto impacto que beneficiaría a los autores y a los consumidores. De la calidad se encarga la citación y el alto impacto se desvanece cuando, según el catálogo Reed Elsevier, la tercera parte de las revistas en Ciencias Sociales no cuentan con un factor de impacto que permita medir esta variable y las que sí lo tienen, el índice de impacto no llega a 1 (uno); con lo cual, muchas revistas que no entran en estos sistemas tienen un efecto mucho más alto; por ejemplo, los casos de las revistas Nueva Sociedad en América Latina (FES-ILDIS) o Ecuador Debate en Ecuador (CAAP), que se niegan, por política editorial, a entrar en estos sistemas.

Tras las lógicas de estos mecanismos de circulación del conocimiento se produce una tensión entre la capacidad operativa de estas empresas (plataformas), la rentabilidad económica que persiguen sus accionistas y la calidad –nuevamente- de los productos que venden. Como el trabajo académico debe ser “científico”, en muchos casos ciertos artículos son retirados de circulación o, en otros casos, simplemente no se publican por las presiones de las empresas que se ven cuestionadas. Por ejemplo, es conocido que las farmacéuticas han ejercido presiones para recomendar la publicación de ciertos artículos que promocionan sus productos y, en otros casos, para retirar los trabajos que cuestionan las bondades de sus medicinas.

A nivel mundial se estima una publicación anual de 1.8 millones de artículos escritos por académicos, los cuales son difundidos en alrededor de 28.000 revistas indizadas. De esta cantidad de revistas y artículos publicados hay algunas preguntas que se deben formular. ¿El impacto de las revistas y de los artículos producidos por los académicos del mundo mejora el conocimiento o amplían las ganancias de los accionistas de las empresas que concentran información y distribuyen las revistas? ¿Qué impacto tienen en la “comunidad espistémica”, como jactanciosamente ciertos académicos se auto denominan?

Lo paradójico y altamente revelador está en el aporte que hace Rose Eveleth: la mitad de los artículos publicados son leídos solo por sus autores, por los “lectores ciegos” y por los editores de las revistas. Pero el tema va más allá: sobre el 90 por ciento de los textos publicados nunca fueron citados y estos datos según la autora, van en crecimiento conforme pasa el tiempo. En otras palabras, la gran justificación del eufemismo del “alto impacto de las revistas” es solo una estrategia de marketing, que nunca aparece evidente a la hora de medir la distribución y la lectura.

La calificación del ámbito territorial de influencia de las revistas ha caído en desuso. Ya no interesan las revistas regionales o nacionales, sino que sean internacionales. Hoy en día, según estas revistas industriales, las únicas que cumplen, supuestamente, con este requisitos son aquellas que se autocalifican como de “alto impacto internacional”; lo cual quiere significar que la difusión está reservada exclusivamente para aquellas plataformas que se construyen por fuera de América Latina y que se apropian –con fines promocionales- como las únicas empresas que garantizan la distribución global (“alto impacto”); pero también hacen lo mismo con los conceptos de la calidad editorial y científica de los trabajos publicados. Sin embargo, el signo de esta lógica contribuye a ampliar las brechas del conocimiento y a fortalecer la exclusión de ciertos temas, problemáticas y metodologías.

Thomson Reuters, plataforma que acumula y difunde información científica de manera internacional, generó ingresos por la cantidad de 12.899 millones de dólares. Pero no solo eso, cuando se analiza comparativamente con empresas de otros sectores de la economía nos encontramos con lo siguiente: por un lado, Woolworths creció al 7% (supermercados), BMW el 12% (automóviles), Coca Cola el 22 por ciento (refrescos), Apple el 36 por ciento (computación) y, por otro, Springer 34 por ciento, Elsevier el 42 por ciento y Wiley el 42 por ciento, que son empresas del sector de revistas arbitradas. ¿Qué nos quieren decir estas cifras de difusión de revistas y de alto rendimiento económico de las inversiones en este sector de la economía? Claramente el “alto impacto” es económico y es escasa la difusión del conocimiento.

Pero el asunto no termina allí: los puntos que obtienen cada uno de los académicos les sirven a las instituciones para ubicarse en los famosos “rankings” dentro del mercado de la formación internacional. De esta forma se construye un mercado regulado por los centros mundiales de formación que, por un lado, constituyen cadenas de valor que operan bajo un sistema piramidal y, por otro lado, determinan los modelos académicos y de gestión de cada una de las instituciones académicas.

Hoy en día la actividad académica del investigador y de la institución se define por los puntos obtenidos y por la competencia con sus pares, expresados en los rankings. Por eso ahora a las unidades académicas (universidades) solo les interesa saber en qué puesto se encuentran dentro de la tabla de posiciones y hacen lo que tengan que hacer para subir los puestos; en esa carrera, pierden dos elementos claves de su razón de ser: la autonomía, y el sentido crítico, porque ahora su lógica viene determinada por los centros mundiales del conocimiento. ¡Hoy la academia lucha no por el conocimiento, sino por la ubicación en el ranking!

[1] Existen estudios científicos realizados en Ecuador sobre helicobacter pylori o enfermedades tropicales que han sido rechazados porque no son temas de interés o de “impacto” mundial.

Autor: Fernando Carrión
Email: <fcarrion@flacso.edu.ec>
Twitter: <@fcarrionm>
Fuente: <http://www.palabrasalmargen.com/> 
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