8 de septiembre de 2016

Comunicar la producción científica desde Chile: el interdependiente rol de sus actores

En un contexto donde la discrepancia y la falta de acuerdos mayoritarios vienen caracterizando el tratamiento de varios e importantes cuestiones de interés público (demandas de reformas de variado orden social, cultural o económico), recientemente se ha tenido la oportunidad de experimentar un encuentro bastante más prometedor de diálogo y entendimiento entre varios de los más destacados protagonistas de la comunicación científica del país. En efecto, el pasado 1 de septiembre, en la P. Universidad Católica (campus San Joaquín) y mediante convocatoria del Foro de Editores Científicos de Chile, se tuvo la ocasión de reunir a casi una treintena de representantes de revistas científicas, de los grupos de estudio de FONDECYT, del Programa de Información Científica de CONICYT, del ámbito bibliotecario universitario, investigadores de artes y humanidades, de la gestión técnica de procesos de edición, junto a la jefa de gabinete de la presidencia de CONICYT.

Comunicar las ciencias no es asunto sencillo. A los aspectos obvios en cuanto a medios, audiencias, formas, mensajes, intenciones e intereses, debemos sumar las particularidades propias del ámbito académico y científico, la cultura comunicacional del sector, sus prácticas hegemónicas, los recursos y habilidades de que se dispongan, en fin, un conjunto de elementos y factores que harían las delicias de cualquier sociólogo afanado en los asuntos del poder.

Y es que comunicar las ciencias o, en un sentido más amplio aún, la producción académica, si bien al inicio es tenido como un algo casi inocuo, meramente administrativo, que no revestiría mayor problema, a poco andar se nos revela en lo que efectivamente el hecho es: no solo un contenido, una plataforma, un soporte, o la coordinación de dos o tres cosas mediante las cuales se pretende obtener aparición pública, sino adentrarnos en una constelación de elementos de muy variado tipo que rápidamente nos hace desechar los simplismos previos.

Llegados a este dintel que divide el saber vulgar de lo que efectivamente es comunicar las ciencias, es cuando de verdad comienzan a ponerse en juego los proyectos de revistas, de series documentales, de editoriales académicas, por citar solo a los modos más tradicionales de esta comunicación. Bien sabemos que, con frecuencia, la realidad de desafíos y necesidades que se nos presentan, una vez que reconocemos la complejidad de la materia, nos abruma y, a poco andar, desistimos o dejamos que los bríos iniciales decaigan y mueran por inanición. La comunicación académica, por tanto, no es un tema baladí y debe ser coherentemente asumida por la comunidad de especialistas del país y las instituciones que se ven involucradas.

Una condición de base para que nuestro mundo académico arribe a formas y prácticas eficientes en su comunicación de estudios y resultados, es que ellas estén sustentadas en el encuentro y colaboración entre los distintos componentes y actores que le dan vida, demanda que, a la luz de las crecientes innovaciones que la era de la internet ha reportado para la difusión científica, se torna un imperativo más que evidente. De esta suerte, la cooperación y no la pura individualidad es lo que nos reportaría mayores logros y adecuaciones a los retos comunicacionales en curso.

Volviendo a la reunión, obviamente de las intervenciones de cada uno de ellos se dibujó un situación no exenta de diferencias, donde la variopinta realidad de cada cual conjuga tanto una satisfactoria diversidad como una desalentadora dispersión.

La reunión permitió conocerse y reconocerse; saber de las posiciones y críticas respecto de la actuación de los órganos institucionales, del centralismo capitalino, la ausencia de una clara y más integradora política pública sobre el sector; del escaso apoyo que las universidades otorgan a esta tarea editorial; de la falta de instrumentos y criterios más actuales y pertinentes en torno a la evaluación de la producción científica y su diseminación; de la actuación que deberían acometer las organizaciones académicas, de la necesidad de profesionalizar la actividad científico-comunicacional; de la discusión en favor de un perfil profesional y académico para los editores académicos.

Tampoco estuvo ausente la apreciación respecto de las empresas transnacionales que controlan la publicación científica a nivel internacional, sus exigencias e imposiciones, así como la posibilidad de que el Estado chileno disponga de una conducta más exigente en sus relaciones con ellas. Sobre estos y otros asuntos, si bien los “ruidos” y tensiones entre los concurrentes no dejaron de hacerse presentes, sobresalió el ánimo para que los protagonistas del ámbito los aborden próximamente a través de nuevas iniciativas de encuentro y discusión.

Respecto de este ánimo promisorio, el Foro de Editores estima que una propuesta de agenda debería priorizar acciones que interpelen directamente a los individuos y organizaciones del área, como son los grupos de estudio de FONDECYT, del Programa de Información Científica de CONICYT y de las agrupaciones de rectores universitarios. Con no menor premura, es ineludible a la vez contar con la participación de las estructuras universitarias encargadas de la gestión investigativa; el aporte de las direcciones de bibliotecas y recursos de información, con las asociaciones de académicos, de científicos y postgraduados, así como con la Comisión Nacional de Acreditación.

Se trata, como se ve, de que sean los actores o sujetos que, de un modo u otro están involucrados con la comunicación científica nacional, los que en primer lugar perciban y operen en aras de su mejoramiento y desarrollo, a partir de miradas mayormente compartidas dentro del campo de autonomías de cada cual.

De acuerdo a esta visión y posibilidad, claramente el problema de una eficiente comunicación de las ciencias en Chile está muy lejos de limitarse –como actualmente ocurre entre nosotros– al ejercicio en torno a una colección de aspectos generalmente inconexos y enfrentados desde la más completa orfandad por parte de evaluadores, editores, autores, gestores o directivos, como son los de las indexaciones, marcajes, softwares de edición, repositorios, evaluación curricular, apertura de datos, plataformas, postulaciones, sistemas con impacto, citas, definiciones de políticas, métricas, productividad, sustentabilidad financiera, evaluación de pares, etc.

Dada la extensa variedad de temas y su complejidad, la comunicación científica, en tiempos del hipertexto y de los recursos electrónicos, demanda la puesta en marcha de nuevos escenarios colaborativos, la superación de pretendidas autosuficiencias y el cambio en los modos discrecionales. Eso, al menos, quedó en evidencia en el ánimo de los concurrentes al encuentro del 1 de septiembre pasado.

Autores: Manuel Loyola y Francisco Osorio 
Email: <manuel.loyola@usach.cl> <fosorio@u.uchile.cl>
Fuente: <http://www.elmostrador.cl/>
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