1 de abril de 2016

Memorias de un bibliotecario, de la transición política y tecnológica (mi paso por el centro nacional de lectura)

En el mes de abril de 1975 fui contratado como funcionario asimilado al Cuerpo Auxiliar de Archivos, Bibliotecas y Museos y destinado al Centro Nacional de Lectura, heredero del Servicio Nacional de Lectura creado a comienzos de los años 1950. En realidad, mi padre solicitó que me empleasen para el Servicio Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico, que dirigía desde 1972, fecha de su creación. El entonces Comisario de Bibliotecas, D. Luis García Ejarque, le respondió que no bastaba que la mujer del César fuese honrada si no que tenía que demostrarlo. Fue una forma muy clásica y erudita de dar a entender que no era suficiente que fuese hijo de mi progenitor para contratarme y que tenía que dar pruebas de mi valía. D. Justo le contestó que no había ninguna ley genética por la que los hijos de los bibliotecarios fueran tontos. Este cruce dialéctico dio como resultado que el contrato que firmé fuera para trabajar en el mencionado Centro Nacional de Lectura. En aquella época lo dirigía, en funciones, D. Anselmo González Santos, pues el titular era el mismo Ejarque antes de ser designado Comisario.

El contrato me vino bien, porque la beca del programa de Cooperación Cultural entre España y los Estados Unidos finalizaba en noviembre de 1975. Ese año estaba afanado con la redacción del primer tomo del libro fruto de la beca y con las clases que recibía en la Escuela de Documentalistas. Charo, la amiga de mi hermana Eloísa y mi novia desde el verano de 1974, también asistía al curso destinado a los auxiliares de archivos, bibliotecas y museos impartido en la misma Escuela.

Charo entró en contacto con la Biblioteca Nacional cuando solicitó esta institución para realizar la prestación del Servicio Social en 1972. El secretario, D. José Almudévar, la destinó al Servicio de Índice. En él intercalaba las fichas en el catálogo general en los ficheros de madera que aún existían, entonces ubicado en el Servicio Nacional de Información Bibliográfica. Estoy completamente seguro que ella, a petición de mi padre, me ayudó a buscar las ediciones que había en la Biblioteca de la Historia de la Reina Sevilla y de Flores y Blancaflor, que se iban a editar en la Colección Púrpura de la Editorial Libra para la que preparaba un prólogo. Nunca imaginé que esa chica, calladita y laboriosa, que entabló una sólida amistad con mi hermana, terminaría convirtiéndose en mi maravillosa compañera de camino, el don que me ha entregado la vida. Durante los minutos que duró la búsqueda, los dos ignorábamos que íbamos a ser el futuro del uno y de la otra. Me fijé en ella por el hecho de ser amiga de Eloísa.

Debió realizar un Servicio Social muy bueno, pues, al poco tiempo de terminarlo, la llamó el subdirector de la Biblioteca, D. Manuel Carrión Gútiez, para ofrecerla un contrato administrativo que comenzó en enero del año 1973. Primero la destinaron al punto de servicio en el que se intercalaban las fichas en los catálogos del público. Poco tiempo después, debido a la falta de personal en la Secretaría, la trasladaron a ésta por el simple hecho de saber escribir a máquina. Allí trabajó con el entrañable D. Luis García Cubero, que, con el tiempo, fue nombrado académico de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Poco después se incorporó a esa unidad Concepción López Cárdenas, Conchita, amiga de la familia y de Luis. Resultaba extraño entrar en aquella Secretaría, en la que se trabajaba muchísimo, pero bien, y con alegría, a veces, incluso entre risas.

Cuando finalizó el contrato, ofrecieron una interinidad a Charo, que continuó desempeñando sus funciones en el mismo sitio. Al cubrirse la plaza mediante oposición, continuó trabajando por las tardes en la Secretaría cumpliendo con las horas extraordinarias otorgadas a otra auxiliar administrativa, pero que no podía hacerlas temporalmente. Al finalizar estas circunstancias, Charo se quedó en el paro durante un tiempo.

Un día se presentó la ocasión de contratar a una persona para el Servicio Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico. Este hecho y la premura de tener que sugerir un nombre, indujo a mi padre a proponer a María del Rosario Fernández Roca. Charo empezó a trabajar en El Tesoro, como se denominaba al Servicio para abreviar, en octubre de 1974, en pleno proceso de traslado desde su ubicación provisional, en la sala donde se hallaba la Sección de Bibliografía, a la cuarta planta, al lado de la dirección de la Biblioteca, ocupando las antiguas Salas de Órdenes Militares de la primitiva sede del Archivo Histórico Nacional. En las estanterías de esta Sala se almacenaron durante años las publicaciones menores y los carteles ingresados por Depósito Legal. Si no me falla la memoria, ese emplazamiento lo ocupa en la actualidad la Sala de Lectura de Publicaciones Periódicas.

Charo sigue trabajando en la actualidad en el Servicio de Valoración e Incremento del Patrimonio, dependiente del Departamento de Adquisiciones e Incremento del Patrimonio. Este Servicio es el heredero del Servicio Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico.

Llegué al Centro Nacional de Lectura, ubicado en el lateral del edificio de la Biblioteca Nacional de la calle Villanueva[1], junto con mis compañeras de la Escuela de Documentalistas, Dª Isabel Guillamón Duch[2], Dª Pilar Alonso y Dª Araceli Hernández García. Nos destinaron a los cuatro, primero, a la biblioteca circulante y, algo más tarde, a la denominada biblioteca modelo.

La biblioteca circulante, cuya jefatura desempeñaba la facultativa María Peñalver, estaba formada por libros que se compraban y por los terceros ejemplares de las monografías con ISBN, ingresadas por Depósito Legal, que remitía el Instituto Bibliográfico Hispánico. Su finalidad era prestar a las bibliotecas públicas provinciales o municipales obras que no existían en su colección y que era demandadas por algún usuario. Si hago caso de los comentarios de bibliotecarios que trabajaron en ella, entre los que se encontraba mi hermano Justo cuando obtuvo la oposición de funcionario del Cuerpo Auxiliar (actual Ayudantes), y de lo que yo percibí mientras trabajé en el Centro Nacional de Lectura, creo que fue la biblioteca prestataria cuyo fondo menos circuló en su historia. En cambio, los trabajadores sí nos beneficiábamos de esta colección. Allí Isabel, Pilar, Araceli y yo realizábamos todo el proceso técnico de los libros a ella destinados.

Años más tarde, me volví a encontrar con la biblioteca circulante. Al desaparecer el Centro Nacional de Lectura, pasó a formar parte de la Biblioteca Nacional de Préstamo (BNP). Cuando se suprimió ésta y se integró en la Biblioteca Nacional de España, me tuve que hacer cargo de los fondos de la BNP en mi condición de Jefe de Servicio de Depósitos Generales y Préstamos. Localicé la colección en una de las dos naves de la calle Arroyo de Teatinos de San Fernando de Henares. En ellas se almacenaban los libros y revistas a la espera de la construcción del Edificio que se habría de erigir en los terrenos cedidos por la Universidad de Alcalá de Henares en la carretera que unía esta ciudad con el pueblo de Meco.

Un día nos subieron a Isabel, Pilar, Araceli y a mí un piso más arriba de donde se encontraba la biblioteca circulante. Allí estaba la denominada biblioteca modelo. Esta consistía en unas estanterías con cabida suficiente para los lotes fundacionales destinados a una biblioteca municipal o Centro Coordinador. En ellas colocábamos, ordenados por la Clasificación Decimal Universal (CDU), pues la colección se disponía a libre acceso de los usuarios, los ejemplares de los libros comprados una vez realizado el proceso completo. Este incluía el sobre con la cartulina para la anotación de los datos de préstamo domiciliario que se pegaban en la contracubierta. También confeccionábamos y pegábamos las etiquetas que contenían la signatura topográfica, también denominadas tejuelos o marbetes, como los denominaba la Condesa de Churruca, mujer de D. José María de Areilza. De esta manera resultaba relativamente fácil embalar las publicaciones, indicando, además, el espacio a reservar para cada número de la CDU, y volverlas a colocar en la biblioteca destinataria. Recuerdo que los lotes que preparábamos iban destinados a la Biblioteca Pública de Vitoria.

Otro día me encontré con la sorpresa de que me separaron de mis compañeras Isabel, Pilar y Araceli y me bajaron a la planta principal. A excepción de ellas y de los encargados del depósito, D. Gregorio Calleja Arroyo y D. Julio Martínez Arranz, en ella se encontraba el grueso de la plantilla. Entre otros, recuerdo al conserje mayor, D. Félix Redondo, a Dª Carmen Romón, Dª María de Carmen Bilbao y María del Carmen Garnica, secretarias del director en funciones, D, Anselmo González Santos[3]. En la Oficina Técnica trabajaban las facultativas Dª María Peñalver Simó y Dª Victoria Oliver Muñoz[4], las auxiliares de bibliotecas, como entonces se llamaban a las actuales ayudantes, Dª María Dolores Campaña, Dª Carmen Pena[5], Dª Carmen Mañueco y Juan, del que tampoco recuerdo sus apellidos. También estaba en esta Oficina Dª Carmen Lacambra Montero, que llegó a ser la primera Directora General del Organismo Autónomo Biblioteca Nacional, y que entonces era contratada administrativa asimilada al Cuerpo Facultativo. Por último, allí trabajaba, desde 1952, mi prima hermana María de la Libertad Melero Palomeque, cuando dirigía el Servicio D. Cesáreo Goichoechea Romano, al que sucedieron D. Enrique Fernández Villamil y Alegre y D. Hipólito Escolar Sobrino. Primero fue contratada hasta que en 1967 obtuvo el puesto de trabajo de funcionario del Cuerpo Auxiliar Administrativo. Colaboraba en las propuestas de selección de libros y se encargaba de la atención a los proveedores, así como de las relaciones con los editores y libreros entre los que distribuía las compras de los ejemplares seleccionados para los Centro Coordinadores de Bibliotecas y las bibliotecas municipales.

En la Oficina Técnica mis funciones consistían en registrar y catalogar, sobre todo, libros infantiles y juveniles, además de otros sobre zoología y flora. No me gustaban este tipo de libros, no por sus contenidos, si no por la dificultad que entonces suponía para mí diferenciar un grabado de una lámina o ilustración conforme a las normas entonces vigentes. Mi carácter obsesivo y perfeccionista me inducían a dudar una y otra vez.

Pero lo que más recuerdo de aquellos meses en la Oficina Técnica son las largas conversaciones que manteníamos sobre la situación política de España. El Consejo de Guerra a terroristas de ETA y del FRAP que desembocó en su fusilamiento, la larga agonía de la enfermedad de Franco, la Marcha Verde en el Sahara español y la incógnita que se abrió a la muerte del dictador sobre el futuro de España eran los temas de conversación como, sin duda, también sucedía en otras instituciones públicas y privadas. Había miedo y esperanza al mismo tiempo. Estos sentimientos se revelaban en los consejos que te decían algunos compañeros en un aparte: “No te signifiques demasiado”. Nadie sabía qué iba a suceder a partir de la muerte de Franco y del nombramiento como rey de Juan Carlos de Borbón. ¿Seguiría todo igual? ¿Estallaría una nueva guerra civil? ¿Se instauraría una democracia?

El Centro Nacional de Lectura[6] comenzó a perder contenidos a raíz de los Reales Decretos por los que se iban transfiriendo las competencias en materia de cultura y bibliotecas a las Comunidades Autónomas, creadas a raíz de la aprobación de la Constitución de 1978. Empezaron al año siguiente trasladando las de Asturias, Canarias, Castilla La Mancha y Extremadura y finalizaron en 1999, cuando se pasaron a la Ciudad Autónoma de Ceuta. Antes, exactamente en 1985[7], el Centro Nacional de Lectura fue suprimido en la Disposición Adicional Segunda Tres que especifica que sus competencias son asumidas por el Centro de Coordinación Bibliotecaria. Esto supuso un cambio de destino de algunos de los funcionarios que trabajaban en aquel, como fue el caso, entre otros, de Anselmo González Santos, Isabel Guillamón, Pilar Alonso, Julio Martínez Arranz…

Notas

[1] El Centro Nacional de Lectura ocupaba las dependencias donde se encuentran en la actualidad el Servicio de Depósito Legal y la Sala de lectura del Servicio de Dibujos y Grabados.
[2] Posteriormente, Isabel, con la que continúo manteniendo amistad, se hizo funcionaria y desempeñó sus tareas en el Centro Nacional de Intercambio de Publicaciones, Biblioteca Nacional de Préstamo, Sección de Canje de la Biblioteca Nacional y biblioteca y centro de documentación del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, que dirigió hasta su jubilación.
Pilar Alonso continúa trabajando en la Biblioteca Nacional de España hasta su reciente jubilación.P
Araceli Hernández García trabajó en el Ministerio de Cultura y después perdí su rastro
[3] Anselmo González Santos, antes de aprobar la oposición al Cuerpo Facultativo de Archivos y Bibliotecas, trabajó como profesor en una escuela donde también impartieron clases mi cuñada Rosa María Fernández Ruiz y mi hermano José Enrique. Desconozco si previamente a ser adscrito al Centro Nacional de Lectura estuvo destinado a otra biblioteca. Cuando se suprimió el Centro, se le adscribió a la Biblioteca Nacional hasta que obtuvo el puesto de Jefe de Servicio de Depósito Legal. Impartió clases en la Escuela de Documentalistas (fue mi profesor de catalogación en la Escuela de Documentalistas) y en otras academias. Junto a Dª Isabel Fonseca Ruiz y mi hermano Justo García Melero, colaboró en la redacción de la últimas Reglas de Catalogación, basadas en la ISBD, aún vigentes.
[4] Victoria Oliver Muñoz influiría en mi carrera profesional durante la década de los años 1980. El 13 de septiembre de 1972 ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archivos y Bibliotecas. Estuvo un tiempo en el Servicio Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico, haciendo prácticas, junto a Begoña Ibáñez Oriega y Blanca Calvo Alonso-Cortés. Luego fue destinada a la Universidad de Barcelona. Estuvo como Consejera Técnica cuando Dª Milagros del Corral Beltrán y D. Manuel Carrión Gútiez desempeñaron el puesto de Subdirector General de Bibliotecas. En 1981 obtuvo una plaza mediante concurso en la Biblioteca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas desempeñando sus funciones en la Biblioteca de Matemáticas y Estadística, donde desarrolló una red de bibliotecas de matemáticas.
[5] Carmen Pena, bibliotecaria de amplia cultura, gran conversadora y de fuerte carácter, de ideología republicana. fue la ganadora de un concurso para dar nombre a un barrio que se estaba construyendo en el sur de Madrid: San Cristóbal de los Ángeles.
[6] Para conocer más sobre el Servicio, luego Centro Nacional de Lectura se puede consultar mucha bibliografía, pero recomiendo el libro de Luis García Ejarque, Historia de la lectura pública en España. – Gijón: Trea, 2000. – 533 p., que fue su director desde 1958 hasta 1974. A partir de este año y hasta 1977 desempeñó el cargo de Comisario Nacional de Bibliotecas hasta. Las personas interesadas en conocer más sobre la vida y obra de este singular bibliotecario del siglo XX, puede leer la Miscelánea – Homenaje a Luis García Ejarque. – Madrid: FESABID, 1992. – 296 p. aunque hay que actualizar los datos con las importantes publicaciones que editó después de 1992.
[7] Real Decreto 565/1985. de 24 de abril. por el que se establece la estructura orgánica básica del Ministerio de Cultura y de sus Organismos autónomos. En: Boletín Oficial del Estado, núm. 103 de 30 de Abril de 1985

Autor: Luis Angel Garcia Melero
Email: <luisangelgarciamelero@gmail.com>
Facebook: <https://www.facebook.com/luisangel.garciamelero.5>
Fuente: <http://sensacione-y-pensamientos.blogspot.com.co/>
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