15 de marzo de 2016

Open Access, vale, ¿y quién y cómo lo paga?

En el artículo anterior hablábamos del Open Access y del coste que suponía. Queremos en esta segunda parte reflexionar sobre las partidas implicadas y el coste no económico que puede tener sobre las carreras científicas.

Un aspecto que nos quedó por desarrollar en el artículo anterior es que el coste de la suscripción a las revistas científicas y el coste que supondría poner todos los artículos en acceso abierto salen de partidas presupuestarias muy diferentes. Mientras que el primero se incluye en los gastos generales y corrientes de los servicios de información científica o bibliotecas de los centros de investigación, el segundo va directamente a los presupuestos de los proyectos de investigación o a las mermadas arcas de los grupos de investigación.

En ambos casos, sale de las arcas públicas, pero de dos ámbitos diferentes entre los que a veces falla la comunicación.

Desde la perspectiva de bibliotecario se percibe un desconocimiento, bastante común por parte de los científicos, sobre el enorme y creciente gasto anual que tienen que soportar las instituciones para que puedan acceder a las revistas de su interés. La impresión que se desprende es que hay que estar suscrito a todo y de manera inmediata.

Por otro lado y para ser justo, desde el ámbito profesional de las bibliotecas el ejercicio de reflexión y empatía hacia la realidad de la actividad científica es en ocasiones escaso o inexistente. Lo más habitual es encontrar un apoyo ferviente del Open Access en las reuniones profesionales de ámbito bibliotecario, sin pararse a analizar el coste de lo que se está defendiendo. Una línea argumental muy recurrente es que el coste del open access se puede presupuestar en los proyectos de investigación, dan dinero a mansalva y por tanto deberían pagar sin poner demasiados problemas.

Cualquier científico saltaría a la yugular del bibliotecario en este punto:

¿Dinero a mansalva? Ya nos gustaría. Es difícil estimar la financiación media de los proyectos, porque dependen mucho del área científico-técnica y de si se ha pedido (y concedido) dinero para la contratación de personal, y también estimar el número de artículos que salen de un proyecto. Pero si nos fijamos en los números de nuestro centro del año pasado deberíamos haber destinado más del 20% del dinero gastado en investigación a la publicación en Open Access. Ese porcentaje es simplemente demasiado alto.

Por otro lado, en estos foros de bibliotecarios, si pones de manifiesto el coste que supondría para los grupos de investigación publicar en las revistas en las que tradicionalmente vienen haciéndolo, el argumento rápidamente esgrimido es la opción de publicar en revistas Open Access de bajo coste, (y escaso índice de impacto), sin pararse a analizar el enorme coste NO económico que puede suponer para los grupos de investigación y, especialmente y desde un punto de vista individual, para los científicos o aspirantes a científicos que se vean “obligados” a publicar en este tipo de revistas.

Todo se entiende mejor si se ponen ejemplos: si soy becario y mi grupo de investigación deja de publicar en revistas de alto impacto automáticamente dejo de ser competitivo a la hora de solicitar futuras becas que me permitan continuar la carrera científica. Si ya soy doctor, difícilmente podré acceder a contratos Ramón y Cajal o Juan de la Cierva, y si afortunadamente ya soy científico, puede suponer una merma en las posibilidades de conseguir nuevos proyectos.

Paralelamente a cualquier debate que se quiera organizar en torno a costes económicos, índices de impacto, sistemas de evaluación o carrera científica, surgen dudas perversas que van más allá de una consideración simplista de la ciencia como algo meramente cuantificable y socavan uno de los pilares básicos de la ciencia misma:

¿En qué momento la calidad científica de un artículo dejó de tener el peso fundamental en la balanza que determina que dicho artículo se publique en una u otra revista?

¿En qué momento es el dinero del que disponga mi grupo de investigación, o mi proyecto, el que determina en qué revista publico?

Este artículo se ha realizado conjuntamente entre Teresa Valdés-Solís y Luis G. Tresguerres. Luis es responsable de la Biblioteca del Instituto Nacional del Carbón, desde donde ha movilizado a los científicos del centro a favor de la utilización del repositorio institucional del CSIC para todo tipo de documentos científicos. Su trabajo en el INCAR ha permitido la digitalización de un gran número de archivos de difícil accesibilidad que permiten conocer mejor la historia de nuestro instituto y de las investigaciones que se han llevado a cabo en él en los últimos 50 años.  Dicha información está disponible en: http://digital.csic.es/handle/10261/84

Autor: Teresa Valdés-Solís 
Twitter: <@tvaldessolis>
Fuente: <http://naukas.com/>
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