30 de julio de 2015

Impostor busca académico ingenuo

Quien sobreviva en la vida académica de la era de Internet, ya se habrá acostumbrado a sortear las herencias del tío-abuelo de Burkina Faso y las trampas diseñadas para captar el producto de la inteligencia de los investigadores, presionados por ver su obra clasificada en los índices de la producción. Aunque algunas son demasiado burdas no carecen de sofisticación: se parecen –o son iguales– a las invitaciones legítimas y al llegar con el nombre y apellido del destinatario, logran gambetear los filtros del correo basura. Estos robots informáticos ofrecen visibilidad científica, producto que tratan de colocar, siguiendo los flujos de información que otras empresas se encargaron de rastrear en Internet y les proveyeron para alimentar sus negocios. Así, la mentira se personaliza y se refiere al quehacer real de la posible presa: “Estimada Profesora XY: me ha impresionado mucho la lectura de su trabajo ‘Pampa bárbara’ publicado en el British Journal for the History of Science. Como director interino de los Archives of Social Non-Sense, me sentiría muy honrado si nos enviara el resultado de sus últimas pesquisas para incluirlos en el segundo número de este año. Firmado: Doctor D. Berjoes.” El presunto editor adjunta un sitio donde la revista tiene cuerpo digital y dice existir en papel, lleva publicados varios números, mantiene un ritmo, cuenta con un comité compuesto por individuos de universidades de todo el mundo y promete someter los artículos a evaluación. Es decir, cumple con todos los requisitos de una publicación seria, expuesta al juicio de los pares, aprobada y dada a publicidad en un medio internacional.

Ante este tipo de mensaje que, sin dudas, conoce la psicología y el universo de su recipiente, el seso se duerme y su dueño cae en la trampa. Pero si, por el contrario, despierta y trata de averiguar quién es el autor de palabras tan bonitas, aparece la realidad de una nueva especie: las “revistas depredadoras”, un término acuñado en 2009 por Jeffrey Beall, bibliotecario de la Universidad de Colorado en Denver, para referirse a un negocio que, en el marco de las publicaciones académicas, explota y falsifica el modelo del acceso abierto (“open access”).

Con estas promesas, el investigador manda su artículo, el cual es aceptado velozmente, un valor escaso en las revistas de mayor reconocimiento. La alegría se empaña al enterarse de la tasa a pagar, a esta altura, desembolsada con resignación. La defraudación será aún mayor al constatar que la inversión no valía la pena: la revista carece de crédito académico, los miembros del comité son nombres de fantasía o están allí a pesar de que las personas reales nunca fueron notificadas (ver http://scholarlyoa.com ) Otros apuntan a la edición de monografías: al investigador, embaucado mediante un mensaje similar, se le solicita el manuscrito que recibirá, a vuelta de correo y sin haber pagado nada, transformado en libro. Solo uno: los siguientes habrá que adquirirlos. A sabiendas de que las bibliotecas de los países con recursos compran TODO libro académico registrado como tal, apuestan a la caza de chorlitos que entregarán su obra sin chistar y, encima, con alegría por el reconocimiento.

Varios ensayos muestran que las víctimas de esta “extorsión académica” proceden en su gran mayoría de los países del Tercer Mundo o con escaso desarrollo de las editoriales comerciales, siempre preocupadas por proteger a sus potenciales consumidores y proveedores. Beall, por su parte, ha confeccionado una lista de las editoriales rapaces, fuente de polémicas y reproches.

En un mundo como el inaugurado en la modernidad y el gobierno a distancia, el problema reside, una vez más, en cómo distinguir lo verdadero de lo espurio, las identidades reales de las fraguadas, los hechos de las mentiras que, por su parte, terminan generando hechos nuevos, como estas empresas, que en el futuro podrían blanquear su pasado o adquirir buen nombre en los contextos en los que hoy se las usa como si fueran legítimas.

Mal que nos pese, los llamados depredadores se mimetizan con las revistas del mundo anglo-sajón, donde los autores, además de no recibir dinero por sus artículos y ceder sus derechos, si desean el acceso abierto inmediato, pagan tasas muy caras a través de sus instituciones, comprometidas a reconocer que la circulación libre del conocimiento tiene un precio que alguien –pero no cualquiera– merece recolectar.

Fuente: <http://www.revistaenie.clarin.com/> 
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